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Sobre la Salud

Renacer tras un ictus a los 30 años

Su cuerpo era una bomba de relojería pero él no era consciente. A sus 39 años, Julio Agredano tenía el colesterol elevado, no hacía ejercicio, su nivel de estrés era elevado y pesaba 103 kilos. Cuando un ictus irrumpió en su cerebro pensó que era un dolor de cabeza y poco más. Con el segundo episodio, que se produjo al día siguiente, no tuvo dudas ni tampoco posibilidad de recibir una medicación que seguramente le hubiera evitado unas secuelas que le mantuvieron un año con su vida aparcada.

«No supe hacer frente al estrés que tenía [trabajaba en un puesto de dirección en una empresa informática], que no era mayor que el de mis compañeros pero su día a día era distinto al mío, ellos eran capaces para sacar media o una hora al día para cuidarse. No supe gestionar ese tipo de estrés», reconoce ahora cinco años después de haber sufrido esos dos episodios y ya casi totalmente recuperado de sus secuelas. Sabe que como él asociaba esta enfermedad a la vejez, lo mismo le ocurre a la mayoría de las personas. «Creo que se habla muy poco de este problema, que se desconoce casi todo. Pero me sigue sorprendiendo que no se saben los datos del ictus, que es la primera causa de muerte en las mujeres y la primera causa de discapacidad en España. Más de la mitad de los afectados no supera la enfermedad y muchos de ellos sufren secuelas de por vida. No entiendo que no se hable más de ella ni de cómo intentar prevenirla», señala. Él ha logrado rehacer su vida, prueba de ello es su participación, junto con el actor Dani Rovira, en la Titan Desert, la prueba de ciclismo más exigente del mundo.

Julio recibió las primeras señales de que se estaba produciendo un ictus un agosto de hace cinco años, cuando estaba de vacaciones. Pensó que estaba cansado, que había llevado a su hijo a cuestas mucho tiempo y que por eso le dolía tanto la cabeza, estaba mareado, tenía hormigueo en el cuerpo... No le dio importancia. Al día siguiente, sufrió el segundo ictus: había perdido el habla, no coordinaba su parte derecha del cuerpo, no podía levantarse. «Cuando fui al hospital ya era tarde para recibir una medicación que puede eliminar parte del trombo y minimizar así las secuelas, había pasado más de cuatro horas del primer ictus y esa medicación no debe ponerse pasado ese tiempo. No había nada que pudieran hacer para paliar el daño».

A partir de ahí, sólo cabía esperar y ver qué lograba la rehabilitación. «Estuve un año de rehabilitación física muy intensa, hice sesiones de logopedia, terapia ocupacional... Se trataba de recuperar la afectación física que me había quedado: una pequeña afasia [dificultad para hablar], descoordinación del lado derecho del cuerpo... Todo lo he podido recuperar a base de esfuerzo y rehabilitación, salvo un punto muerto de visión en el ojo izquierdo. Tuve suerte de no tener secuelas cognitivas, que son frecuentes, como falta de memoriza, alteración del razonamiento, etc.».

Sin embargo, si Julio hubiera acudido con los primeros síntomas al hospital podría haber recibido una medicación, útil para el ictus generado por un trombo, que seguramente le hubiera ayudado a no tener secuelas. «Pero no siempre hay que ir al hospital. Hay comunidades que tienen en marcha el programa Código Ictus, como la de Madrid, y en ellas lo mejor es llamar al 112 y decir lo que te pasa, ellos reconocerán que es un ictus y enviarán una ambulancia que te llevará al hospital asignado en el que se priorizará tu atención».

Manuel Murie, especialista del Centro Neurológico de Atención Integral de Pamplona y presidente de la Sociedad Española de Neurorrehabilitación, confirma que el programa de Código Ictus no está implantado en todas las CCAA. «También es desigual la rehabilitación que se da una vez el paciente es dado de alta. Se debe dar en centros especializados pero la sanidad pública no cuenta con centros de este tipo en todas partes, a pesar de que son eficaces. El problema es que son costosos, pero rentables».

De ese vacío es consciente Julio, que realizó todo su proceso de recuperación en un centro privado. «La rehabilitación empieza cuando estás ingresado en el hospital, una vez que ya estás estabilizado y en función de tu situación, porque hay que hacerla lo más pronto posible ya que la recuperación neuronal tiene una ventana de tiempo que son de tres a seis meses, que es el plazo donde se produce la recuperación más rápidamente, pasado ese tiempo, se mejora pero la evolución es más lenta. Sin embargo, cuando te dan el alta hay un parón en esa rehabilitación, debido a la lista de espera, y puedes estar los primeros meses sin recibir este tratamiento, depende de la rapidez de actuación que haya en cada comunidad. Hay sitios donde la rehabilitación no llega en el tiempo correcto».

Julio estuvo recibiendo un año intensivo de rehabilitación, de tres a cuatro horas diarias, en una clínica privada. «Tenemos que democratizar la rehabilitación porque el nivel de recuperación entre dos personas depende de su capacidad adquisitiva. Hay que buscar mecanismos como establecer plataformas sociales, actividades culturales, herramientas tecnológicas... Porque todo puede ayudar», señala.

Su paso por la enfermedad y el año que tuvo de lucha para recuperar el funcionamiento de su cuerpo le enseñó a plantearse la vida de forma diferente. Aunque volvió al trabajo, encontró un hueco para hacer deporte. Varios años después, por una reorganización de su empresa, dejó su puesto y ahora se dedica de lleno a una asociación que fundó el pasado mes de septiembre. «Con Freno al ictus pretendo concienciar de este problema, que es más habitual de lo que se cree en gente joven. Porque los españoles hacen poco caso a este trastorno que ha crecido cuatro puntos en los últimos cinco años, según un estudio realizado en el Hospital Ramón y Cajal».

De la misma opinión se muestra Murie, «la población no es consciente de que cada seis minutos se produce un ictus en España y una de cada seis personas lo sufrirá. Estamos viendo un aumento de la prevalencia entre la población joven. En parte, por el consumo de drogas, pero también por el tabaco, la obesidad y el sedentarismo».

Cinco años después de su ictus, Julio pesa 30 kilos menos y entrena diariamente. «He vuelto a los 73 kilos, que era el peso que tenía dos años antes de sufrir el ictus, porque en poco tiempo el estrés había hecho que mi vida fuera encauzada a no cuidarme, a engordar, y a disparar todos los factores de riesgo», señala Julio.

El mensaje que quiere transmitir es que no hace falta dedicarle muchas horas al ejercicio cada día, sino media o una hora, pero «sí es fundamental para encontrar un espacio para ti, esto hace que tengas una vida más ordenada y que los factores de riesgo caigan. El estrés laboral y personal lo vas a tener, otra cosa es cómo somos capaces de gestionarlo. Si el estrés te entierra en una espiral negativa, eso hace que tus hábitos sean negativos y explotes. Camina, piensa, medita, lee, haz deporte, con eso funciona».

Ahora su familia lo ve sonreír cada día, «con Freno al ictus intento hacer algo para aportar. La sensación es que todos los días haces algo que puede servir a alguien».

  • DIMENSIÓN. Es la primera causa de muerte en la mujer y la segunda en el hombre. Una de cada seis personas tendrá un ictus en su vida. Se estima que cada año hay 130.000 afectados en España, de los que un 30% morirá y un 40% sufrirá discapacidad.
  • FACTORES DE RIESGO. La hipertensión, el colesterol elevado, una vida sedentaria, la inactividad física, la obesidad o el tabaco.
  • DETECCIÓN. Hay pérdida de fuerza en un lado del cuerpo, dolor inusual de cabeza, se 'cae' un lado de la cara o problemas para hablar.
  • PREVENCIÓN. El 80% de los ictus son prevenibles. Se recomienda bajar el consumo de sal y grasas, llevar una dieta variada y sana, mantener a raya el colesterol y la tensión, hacer ejercicio moderado, huir del sedentarismo, dejar el tabaco y reducir el consumo de alcohol.
  • ACTUACIÓN. Prueba rápida para comprobar si una persona ha sufrido un ictus: pedir que sonría, que levante los brazos y responda a una pregunta. Si algo no es normal, hay que llamar al 112. El tiempo es clave: cuatro horas para actuar.

 

http://www.elmundo.es/salud/2016/06/25/576d7bfae2704e69798b4608.html

 

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